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Yo soy tú. Tú eres yo.

Puedo escuchar el ruido incesante en tus cascos, sentir el frío de Reikiavik, el calor de Argentina, la unión de Francia contra la violencia, del mundo entero. Los ruidos que hace mi mente, la tuya, el silencio en una plaza abandonada, en tu corazón de piedra pero lleno de fuego. Puedo saborear tu imaginación que te lleva a alejarte de aquí, puedo degustar tu plato preferido, puedo sentir tu indiferencia hacia el ruido, los gritos, sus putos comentarios.

Yo soy el tú que tú nunca viste. Yo siento y padezco. Yo soy soledad aun con gente alrededor. Yo soy tus ganas de echar de menos. También puedo entender tus desvelos, yo soy un tú que siente dolor, deseo y sueños. No importa quien seas, que hagas, o que digas. Yo soy un tú asustado, desquiciado, cabreado. Soy las emociones que sientes. Porque tú y yo no somos tan diferentes. No me importa el color de tu piel, tu origen, tus errores, tus virtudes, tus sueños o dolores. Yo soy también un tú. Un tú que absorbe el malestar de la sociedad, la avaricia y la vanidad. Yo padezco las mentiras de aquellos que sin querer dictan y de aquellos que queriendo hacen daño. Padezco de la indiferencia, de las palabras que otros buscan para definirme. No eres nada de lo que los demás digan, a no ser que tu sepas por ti mismo que lo eres. 

Somos almas gemelas separadas al nacer. A pesar de tu ideología, ciudad, país, éxitos, fracasos, nivel social, tu y yo tenemos algo en común. Somos humanos y sentimos. No estás solo. 


Te echo de menos.  

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